domingo, 5 de enero de 2014

El último juego (I)

Teotl era el hijo primogénito de Yalitza, una chamana muy importante de Tlacopan. 

En la época del imperio azteca, los primogénitos tenían un gran valor, adecuados a su nombre, solían pensar. Por eso, Yelitza, la puerta del cielo, puso a su hijo Teotl, cuyo significado representaba una gran fuerza, un principio de energía, que siempre permanece en el universo. Esa era la idea que tenía esta poderosa chamana sobre su hijo.

Teotl, dentro de la guardia baja de la sobreprotección de su madre, salía a jugar como cualquier otro pequeño que aún no está listo para sus obligaciones adultas, con un amigo igualmente intranquilo, Yuma. 

Yuma significa el hijo del jefe, y esto es lo que él era. Pertenecía a una familia de poderosos transaccionistas, de vendedores de esclavos, joyas falsas bien adornadas, pinturas naturales para adornar las pieles de las mujeres más ricas, amuletos bien cargados de energía mística... ya me entendéis. Además, Tlacopan era una ciudad perfecta para la proliferación de un negocio así, por tanto Yuma tenía su futuro más que cuidado, o así pensaban todos tranquilamente cada día. 


En uno de esos juegos de niños que Yuma y Teotl solían hacer, de correr; de huir de las piedras que se tiraban entre ellos; de investigar sitios sagrados, malditos, protegidos... Llegaron a la pirámide de los nichos: Una gran estructura con un templo superior para las ofrendas. Pero, lo que nadie sabía, es que a la altura del suelo, al rascar el estuco, aparecía un resquicio minúsculo por el que sólo cabían como mucho, ratas gordas.
Teotl, como siempre curioso, se aventuró a mirar, y en el interior de la pirámide, no vio nichos, ni abalorios ni provisiones para el largo viaje de los difuntos, ni si quiera los sacrificios que se hicieron con su muerte. Nada de eso estaba ahí. Dentro de la pirámide se escondía una gran habitación de paredes doradas llenas de historias contadas a símbolos, imágenes espeluznantes de lo que ahí había acontecido. En el suelo, no había más que una fina pasarela con la misma continuación de los dibujos ¿Qué historias contarán estas piedras? pensaban los niños. Alrededor de esa pasarela, que no tendría más de diez metros, sólo había agua. Agua poco profunda, muy limpia, de color turquesa. 

Os podéis imaginar que no tardaron más que esperar al día siguiente para volver con algunas herramientas robadas al padre de Yuma para poder abrir ese pequeño agujero y entrar a jugar ahí dentro, a investigar esas figuras de la sala, a descubrir qué explicaban.

Una vez dentro, Teotl y Yuma no podían abrir más los ojos, el agua del suelo brillaba y la piedra parecía dorada gracias a ese suelo encantador, iluminaba toda la sala, sin duda era agua con algún poder. Pudieron ver en ese agua poco profunda, que las escrituras continuaban por debajo de ese líquido turquesa. Toda la sala estaba llena de inscripciones con algún significado oculto. ¿Qué podría ser todo aquello? ¿Porqué no lo conocían antes? ¿Estaría mal estar ahí dentro? No cabe duda alguna.

Caminaron hasta el final de la pasarela para apreciar todos los dibujos de más cerca: Eran increíbles, sobretodo para dos niños pequeños tan interesados e impertinentes. Estaban convencidos a averiguar qué pasaba ahí dentro y qué escondían esas paredes. 
Lo primero que se les ocurrió fue tirar piedras a ese remanso, pero no ocurrió nada. Lo siguiente fue cazar una rata, lo cual les llevó bastante tiempo (son más rápidas y resbaladizas de lo que parecen) para tirarla igual que las piedras. No os asustéis, las ratas de toda la vida han sabido nadar. Para dejar a los chicos aún más sorprendidos, aún con más cara de pasmo, cuando tiraron la rata al agua algo ocurrió, lo que es, definitivamente, la piedra angular de esta historia: 

        La rata se desintegró al tocar el agua de la charca, salió una especie de humo turquesa y no quedó ni rastro del pequeño y sucio animal. ¿Qué acababan de ver? ¿Agua embrujada? ¿Dónde estaba la rata? 


...De cualquier manera se hacía tarde, así que tuvieron que volver a casa para no levantar sospechas de su gran descubrimiento.



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