miércoles, 21 de agosto de 2013


     Han sido muchos años de traqueteo persiguiendo un sueño, incluso en los momentos de flaqueza, incluso en los más duros, mi pertinaz decisión desbancaba cualquier dificultad y me hacía seguir. 
He llegado a unos niveles de confusión y estrés que me han puesto al límite, sinceramente. Recuerdo un día en pleno Moscow, después de trabajar 14 horas, que intenté llegar a la habitación del hotel, la 410, pero al introducir la tarjeta la puerta no se me abría y yo pensando ¿Justo ahora? No tenia ningunas ganas de puertas bloqueadas que me hicieran bajar a recepción y que un somnoliento ruso con un dudoso español hiciese de mala gana, lo que al fin y al cabo es, su trabajo. La cuestión es que insinstiendo con la dichosísima tarjeta, la puerta se separó de la pared y de dentro de la 410, que era la habitación de mi anterior hotel, salió un altísimo vikingo reencarnado con pinta de broker y ojos rojizos ahogados en vodka. Para cuando me quise dar cuenta eran las 6 de la mañana y yo no estaba ni en mi cama, ni tenía mi ropa, seguramente llegué tarde a trabajar. Por si os lo preguntáis, sí, estaba casado.

         Ahora que mi viaje ha terminado, la verdad es que me encanta bajar a comprar el pan, entrar por la puerta de siempre, subir las escaleras de siempre, encontrarme la misma puerta y dormir en la misma cama. Lo que más me gusta ahora mismo, es coger cualquier vestido, unas sandalias sin tacón, lo justo de rimmel, arreglarme el pelo en el espejo de la entrada de cualquier manera, coger mis llaves y salir a comprar el pan...


...y no me gustaría tanto, sino hubiera vivido todo lo contrario.

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