Durante sus próximos cuatro años, siguió esperándola tocando, rompiendo el violín con su propia humedad, a que aquella mujer cuyo nombre desconocía apareciera. Un día lo hizo, no sé bien porqué, ni Ancel ni aquella mujer lo sabían, pero lo hizo. No como él esperaba ni había soñado tantísimas veces despierto: Pasó con un lustroso carro, encerrada en él con un orondo hombre de espesa barba y curtidos trajes.
Entre el pánico de la resurrección de su corazón, quiso gritar pero, ¿qué? ¿Qué iba a gritar? Gritó mujer... gritó mujer mientras corría para pararse en el mismo lado del río después.
Cayó, cayó al suelo con un extraño cansancio, con una mala respiración y un vago control de sus latidos. No le importaban tampoco, cierto es que muchas veces pensó en suicidarse, pero no iba a dejar al aire la posibilidad minúscula de que la mujer pudiese volver arrepentida.
Se arrastró hasta la fuente, algo iba mal, más mal de lo que le iba y que nunca pudo imaginar. De repente, su pulso se aceleró sin control en cuanto se puso a pensar en todo el pasado que ahora recordaba en diapositivas. Se empapó en sudor, los latidos seguían creciendo y ahora se notaba el corazón en la piel, golpeaba con el sístole cada medio segundo, rompiendo las costillas, los músculos y la piel. En cuestión de segundos, las puñaladas fueron mayores y lo dejaron sin sangre, sin aire y sin razón para vivir. Y allí paró todo, su reino, su música, su fuente, su vida y su dolor.
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