miércoles, 13 de julio de 2011

Cada vez que visito al señor Rafael, hijo de Juana, me cuenta como él y su nieta vivían en la granja, y cómo le enseñaba a ordeñar burras, desplumar gallinas y tumbar caballos nerviosos.
Entonces el señor Rafael era fuerte y rubio, con bigote recortado y de piel tostada por el trabajo diario. Ahora es un trozo de papel de arroz muy delicado, de piel transparente y pelo blanco. Pero sigue teniendo el mismo espíritu, podría decir que es el mismo que hace 50 años.
Seguramente el recuerdo de la granja es uno de los más valiosos que retenga todavía, por eso me lo cuenta tantas veces, por eso, o porque nunca recuerda habérmelo contado...

La ternura y añoranza que emplea son terriblemente contagiosas, sobretodo porque aquella nieta soy yo, y todavía ninguno de los dos somos capaces de aceptar que no lo recuerda, debido a su enfermedad.

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