
De pequeña, mi hermano y yo compartíamos habitación. Yo dormía en la cama alta, y el pegado a mi, siempre tumbado en un colchon en el suelo. No es que nuestros padres le quisieran menos, o no tuviesemos dinero para dos camas, sino que mi hermano, que por cierto se llama Oriol, no podía conciliar el sueño si se le levantaba más de un palmo del suelo. Oriol necesitaba dormir lo más cerca del suelo posible, porque decía que así se sentía protegido. A su vez, nunca en la vida hemos podido dormir separados, ninguno de los dos se duerme si no estamos juntos.
Cuando nos fuimos haciendo mayores, cada uno tenía sus necesidades independientes, aunque nos quisieramos igual, pero aquella sensación de insomnio nos perseguía siempre. Cuando se lo contamos al censor de la iglesia del pueblo, nos explicó porqué pasaba aquello:
Nuestros familiares, de hace muchos años, siglos incluso, pertenecían a la burgesía y yo, Dansa, pertenezco a la reencarnación de la hija heredera de unas importantes tierras, por lo que esa chica debía ser muy importante. Y mi hermano Oriol desciende de su guardian, aquel que la protegía contra todo, descendía de un lobo.
Aquella importante chica y su lobo, habían pasado tanto tiempo juntos que había calado en la cadena hereditaria, hasta llegar a nosotros
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